Puerto Vallarta, Jalisco. A 14 de Octubre del 2017

 

Cómo Sobrevivir a la
Indigencia en Islandia

 
 
 

Poco dinero y mucho entusiasmo sobre la Hringvegur…

 
 
 

Por: Héctor Colín

La cacería de auroras boreales me trajo consecuencias peligrosas en un país en el que el clima no te permite darte el lujo de fallar. La oscuridad de la noche, la emoción de la experiencia, mi falta de pericia, el desconocimiento de la zona y mi afán de aventurarme por una fotografía mejor, me llevó a una zona de la carretera en la que había un tremendo y frío charco que lo sentí hasta donde no me hubieran defendido ni los calzones (en caso de traer), el primer par de calcetines se fue a la basura y la bota izquierda quedó no sólo empapada, sino cubierta con una capa de lodo rojo que se quedaría allí hasta mi regreso a Puerto Vallarta. Había perdido mi calzado y es que en una zona tan fría como Islandia, no puedes darte el lujo de quedarte con los zapatos puestos cuando están mojados, así que me quedé descalzo y sin calcetines, lo que abonaría a mi desgracia de la ausencia de ropa interior. Me obligué a tomar una decisión desesperada, utilizar el segundo y último par de calcetines, ponerme los calzones que guardaba para el regreso y robarme unas botas que me apretaban las uñas enterradas; el pantalón también lo “estrené” con la convicción de que debía conservarlo limpio y decente porque un par de días después viajaría con él de regreso a Estados Unidos.
Y así terminó la noche del día dos, con la satisfacción de haber experimentado el maravilloso fenómeno de la aurora. Dormimos en un paraje cercano a un pueblo llamado Selfoss, sobre el río Ölfusá y sobre la conocida como Circle Road que nos llevaría a un nuevo destino en la mañana.
Al amanecer del día tres, la principal tarea fue conseguir un baño decente para nuestras indecencias, comida para desayunar, comer y cenar en un solo sentón y un convertidor para poder cargar las baterías de nuestros aparatos. Selfoss nos acogió en un Subway sobre el río plagado de salmones, comimos sándwich y no salmón, no sabemos pescar y no sentimos la necesidad de vernos precarios, aunque lo parecíamos.

Seguimos.

La atracción más “pinchi” de Islandia y nada más porque nos quedaba de paso, un cráter llamado Kerið en donde nos sentimos robados, cuatro dólares nos habían costado conocerlo. Continuamos el camino hasta encontrar el geiser más famoso de Islandia en el área geotermal Strokkur, si usted no sabe lo que es un geiser, no se preocupe, nosotros tampoco, pero es un hoyo en el suelo que de pronto lanza agua, una fuente natural de agua caliente y que por cierto debe su nombre al Islandés Geysir del verbo geysa, “emanar”. Es gratis y te sientes bien de haberlo agregado a la lista de atractivos visitados.
Media hora más tarde y después de convencer varias veces a Daniel de no detenerse a acariciar caballos enanos y greñudos, llegamos a una cascada, bueno, es un río con una cascada impresionante llamada Gullfoss, denominada la Cascada Dorada y que demuestra en todo momento de la caminata, el impresionante poderío de la naturaleza y la belleza de los paisajes de Islandia.
Cada pueblo de Islandia tiene sus aguas termales, que son clubes públicos en el que los pobladores pueden utilizar las instalaciones para la relajación natural que ofrece el lugar, aguas termales, lagos gélidos, sauna y un restaurante que te hará recuperar el aliento el menos hasta que descubres los precios. Sesenta dólares costó el chiste de conocer el lugar que nos quedó de paso y de pechito para aprovechar para relajarnos y tomar un buen baño de agua caliente y librarnos las impurezas (antes de las albercas, claro). Johnathan tomó la iniciativa y se echó un clavado en el lago de aguas gélidas, no frías, recontra chingadamadre frías, la recomendación es el chapuzón en el lago y después correr como gallina sin cabeza hasta la alberca con el agua termal más caliente que encuentres. Allí, de pronto se convirtió en algo muy cercano al paraíso, llegaron los pobladores, hombres y mujeres, los hombres nos hicieron sentir menos y las mujeres nos recordaron el paraíso, la belleza de ellas era impresionante y hasta allí la dejaré. Bueno, como neófitos investigadores de la cultura de Islandia, descubrimos que la genética de las mujeres de la isla se debe a una razón lógica, los vikingos invadían pueblos ajenos con la intención de robarse todo, incluyendo a sus mujeres, pero, fueron selectivos, demasiado diría yo, así que sólo llevaron a Islandia a las mujeres más hermosas que encontraron a su paso, lo que siglos después nos permitiría admirar tal hazaña vikinga y pensar seriamente en convertirnos en fieles creyentes de los barbones hijos de Thor, con extraordinario gusto y visión del futuro.
Caería la noche y como era de esperarse, los indigentes más paseados de la isla no teníamos idea de qué seguía en nuestro viaje, solo teníamos un objetivo, aprovechar el día más despejado del verano para observar nuevamente la aurora boreal. El ingenioso Daniel propuso quedarnos en un hotel, el ingeniero, cansado y sin ilusiones, sólo asentó con la cabeza y yo, aceleré como si me persiguiera la inteligencia, no pagaría doscientos dólares por una noche de descanso en un hotel de Islandia. Tenía mi casa de campaña y el parque nacional a ochenta kilómetros de distancia, sólo tenía que encontrar un Oxxo islandés y comprar víveres para pasar la noche. Refrescos, chocolates, papas fritas y unos chicles carísimos para sobrevivir junto al majestuoso lago del parque nacional de Islandia.
Huimos de un estacionamiento con caseta de cobro y nos arrinconamos en un paraje desolado, limpiamos el suelo con las botas que habían recuperado su forma e instalé mi casa de campaña, allí pasaría la noche esperando a que mi cámara captara algo de la impresionante noche. Un timelapse era el objetivo, exposición lenta de 30 segundos, lente 16 milímetros y cincuenta megapíxeles en un sensor que como yo, no había experimentado el frío. Para un video de apenas 10 segundos hay que esperar tres horas, de ese tamaño el reto.
No me rajé y después de enfriar mis refrescos en el lago, esperé lo que necesario bajo el intenso frío para obtener un resultado fabuloso, ante mí, la vía láctea, una lluvia de estrellas, la luna a mi izquierda, el sol a la derecha sobre los pinos y tras de mí, fugaz la aurora casi imperceptible.
Me quedé dormido con la esperanza de no amanecer tieso, muerto de frío y con la oportunidad de experimentar el último día en Islandia para conocer su capital, su comida y tomar un vuelo de nueve horas de regreso a Los Ángeles.
Tiburón podrido, ballena marinada, salmón fermentado y frailecillo ahumado estarían en el menú de desayuno del último día…
hasta la próxima.