Puerto Vallarta, Jalisco. 28 de octubre del 2020

 

AMADO Y ODIADO

“Por tu culpa mi hija se acaba de ir de la casa”. Así me dijo aquella acongojada y muy enojada señora con voz de poseída que me había llamado, y al instante supe del caso que se trataba. Me preparé para dar una charla sin cobrarla y, tal vez, hasta para recibir algunas mentadas de madre, sin que mi madre la debiera ni temiera.

Quien me llamaba era la madre de una chica ciega de 27 años originaria de Puebla que, siguiendo mi consejo, el domingo se salió de la casa para irse a vivir sola. La madre de Ella, enfurecida, ahora me llamaba para reclamarme y es que, muy a pesar de que la chica ciega ya es mayor de edad, quería tenerla siempre bajo su falda. “Me dice que si salgo sola Ella se muere y que Yo voy a tener la culpa. También me amenaza con llamar a la policía para que me agarren”. Me contaba esta chica siempre que conversábamos vía telefónica. Yo le decía: “Pues te aseguro que no se muere, o bueno… Se morirá de rabia un rato; pero luego se compone, tal como la mía que también me decía (y a veces me sigue diciendo) lo mismo y no se ha muerto; en cuanto a lo de la policía, ya eres mayor de edad y nadie puede detenerte”. Así le hablaba cada vez que me llamaba, haciéndola reír un rato, y de tanto decírselo, de tanto hablar del tema y también de darle unos estirones de oreja de vez en cuando, pasó lo que dice el dicho: “Tanto va el cántaro al agua, que acaba rompiéndose. La chica soñaba con vivir sola y el pasado domingo, habiendo planeado su trabajo y luego trabajado su plan, ya teniendo departamento rentado y todo, agarró sus chivas y se salió sin que su señora madre pudiera hacer nada para detenerla. Bendita libertad.

En ese orden de ideas, debo decir que las madres de los niños ciegos me aman porque les doy orientación; pero las madres de los ciegos adultos que todavía no alcanzan su independencia a causa de la sobre protección que estas les brindan, me odian con toda su alma porque siempre he procurado motivarlos a buscar sus sueños, arriesgando lo que se tenga que arriesgar; cosa que a una madre sobreprotectora no le gusta.  No crea que no sé de lo que hablo. Los gringos me lo dijeron desde un principio: “Vas a pelear mucho con tus padres porque ellos, aunque sí quieran tu independencia, no estarán dispuestos a pagar el precio del riesgo como Tú sí querrás pagarlo, y entonces vendrán las discusiones. Tú que quieres salir solo, ellos que no te dejarán; Tú que querrás hacer un viaje por tu cuenta, ellos con que es muy peligroso. Compréndelos, pero nunca cedas; porque ellos un día van a morir y Tú te quedarás en este mundo”. Y sucedió, aunque no tanto con mi padre, sino con mi madre; con la que tuve muchas discusiones fuertes por querer ser independiente. Siempre la comprendí cuando me hablaba de sus miedos, pero por miedo no iba Yo a parar y esa, precisamente, es la enseñanza que doy a quienes me piden orientación cuando se sienten demasiado apretados, casi siempre por la madre.

“Me costará lágrimas de sangre”. Me dijo la madre de la chica, ya más tranquila. “Lágrimas tal vez; sangre no creo, pero de todas formas no es nuestro asunto. Las lágrimas son parte del aprendizaje de ustedes cuando tienen hijos ciegos. Deben aprender a dejarnos ir, porque al darnos todo nos hacen muy comodinos y si siempre fueran a estar aquí, eso sería lo ideal; pero no es así. Un día van a dejar este mundo, con todo lo que ustedes aman incluyéndonos también a nosotros; si para ese tiempo no nos han soltado, sufriremos mucho más que ustedes y lo peor, dejarán un mal recuerdo a pesar de lo mucho que nos amaron porque nuestro sufrimiento será por su culpa. ¡Y me vas dejando esos chantajes emocionales! Ni Tú te vas a morir por esto, ni a Ella le pasará nada si se sabe cuidar”. Y así acabó la historia… De momento; porque a la doña le falta pasar por todo el proceso y en alguna ocasión no resistirá la tentación de controlar. ¡Si no las conociera!
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